
Seguro que os ha ocurrido alguna vez. Es un día entre semana, dispones de poco tiempo y sales a entrenar un poco con la hora pegada al culo. El día ha amanecido frío, pero eso da lo mismo porque con el escaso tiempo el plan es claro. Salir a tope hasta reventar.
Cuando ya llevas un rato rodando. Fuerte, con los numeritos del pulsometro sin dejar de parpadear junto a una flechita hacia arriba que te dice que te estas pasando tres pueblos y la mirada fijada en el infinito. Entonces de un desvío aparece otro ciclista solitario como tu. Al principio no le prestas mas atención que la necesaria para saludarle con un sutil gesto con la cabeza al pasar junto a él y continuas ensimismado en tus pulsaciones, en la línea de la carretera que nunca se acaba, en el siguiente repecho, en que el ritmo no baje.
Sin embargo, a los pocos kilómetros, te percatas de que no estas solo, quizás solo algún sonido fuera de lugar, que no pertenece a los mil diferentes que suele hacer la bici “de diario” te hace agachar la cabeza y ver que tienes alguien a rueda. Sin mediar palabra el otro pasa al relevo, mantiene el ritmo que llevabas, tirando con fuerza. No hace falta hablar. De forma casi mística se establece una sutil comunicación entre tu y el otro. Los relevos comienzan a fluir como si ambos lleváramos toda la vida andando juntos, ambos sabemos cual es el momento exacto de pasar, manteniendo el ritmo para hacer la cosa fluida, la carretera hace de director de orquesta y nos marca el momento en que con una sincronización casi perfecta ambos subimos un piñón o nos ponemos de pie en los pedales.
El ritmo es cada vez mas alto cuando nos aproximamos a la Marañosa. Ese flamante “col” donde los del sur de Madrid nos sacamos los ojos cada fin de semana. Sin embargo nada cambia, ninguno intenta soltar al otro, sin necesidad de hablar ambos sabemos cual es el ritmo adecuado, subimos fuerte en ese puntito donde una quemazón comienza a recorrer las piernas pero aun puedes aguantar mas. La cara del otro denota la misma expresión que seguro tiene la tuya una mezcla de sufrimiento y satisfacción, esos pequeños momentos donde llevas el ritmo justo para gustarte, mientras sigues apretando con fuerza los pedales para mantener el ritmo.
Finalmente coronamos, no esta escrito en ningún, lado, pero ambos sabemos que es momento de levantar el pie durante unos segundos y echar un sorbo de agua.
Ahora si se rompe el silencio: “Buena subida nos hemos marcado”, “ya te digo, estas fuerte”, “anda que tu, que me traías con el gancho…”, para a continuación interesarte por el destino de tu acompañante. Vaya, hoy no coincidimos, yo me doy la vuelta antes.
Llegados al final del carril nos despedimos con un “hasta otra”, las palabras no importan, nos encontramos mas cómodos expresándonos como mejor sabemos, sobre la bici, pequeños y sutiles gestos que para un profano seguro pasaran desapercibidos pero que durante un buen rato han servido para establecer una intensa comunicación entre tu y el otro. Son esos pequeños momentos casi mágicos que de vez en cuando nos ofrece este maravilloso deporte.