El año pasado me dejó un gran sabor de boca, con un recorrido perfecto para mis características donde disfruté como un enano exprimiendo cada último gramo de fuerza, así que no perdí la ocasión de repetir y vivir un autentico día de ciclismo del bueno, con el aliciente del fenomenal nivel que en estos tres años que se lleva celebrando ha demostrado la organización de la Fundación Victor Sastre.
Esta vez no podemos decir eso de que salimos puntuales ya que nos tocó esperar a un Pedro Delgado que llegaba tarde a la salida. Como es lógico poco tardaron los chascarrillos en recordarle aquella contrarreloj de Luxemburgo. Cuando por fin arrancamos, no tarda aquello en estirarse de lo lindo. El recorrido, rompepiernas y sin puertos de entidad y la distancia contenida han hecho que muchos master se acerquen hasta aquí al no haber carreras ese fin de semana por la zona, así que al igual que el año pasado, el ritmo por delante es más propio de una de ellas. Este año se respira tensión en la grupeta en estos primeros kilómetros mayormente picando hacia abajo ya que el aire de cara provoca que mucha gente pueda y quiera ir en la grupeta de cabeza donde se producen roces, enganchones, aunque por suerte, yo al menos no llegué a ver ninguna caída. De todas formas ya me preocupé de soldarme a la rueda del niño quien con facilidad me llevó hasta las primeras plazas del pelotón donde rodar bastante más tranquilo. En esto, que veo al propio Carlos Sastre que comienza a descolgarse tal como suele hacer en esta marcha para acompañar a todos los participantes y concluir junto al último. Se acuerda de mí de cuando acompañé al equipo hace unos meses en la vuelta a Murcia y charlamos un par de minutos. Poco la verdad ya que veo que nuevamente la gente está comenzando a tensar así que recupero la concentración y regreso a la cabeza del paquete.



