Está claro que no puedo pasar un año sin acudir al santuario del ciclismo por antonomasia. El lugar en donde hace más de un siglo nacía el ciclismo épico que todos adoramos. Esos 2115 m que todo ciclista ha de visitar una vez en su vida. Está claro que hablo del gran Col de Tourmalet. Esta vez no sería participando en la Pirenaica, bueno, a medias ya que hacía unas semanas había decidido participar junto a los colegas en la marcha ciclodeportiva la Pyrénéenne, que el año pasado cuando hicimos la Luchon – Bayona y nos cruzamos con ellos ya nos quedamos con las ganas. Esta fue la primera etapa de unas intensas vacaciones.
Hasta Saint Lary nos desplazamos Joaquín (el niño), que viene con sus padres y con Lili, su chica, además de Juan y René un par de compis de la peña ciclista Bermejo de Leganés, habituales en las locas salidas por el carril bici. Para mí, será el primer día de mis vacaciones, como no, ciclísticas.
La tarde anterior, tras recoger los dorsales, decidimos subir en coche hasta el lago de Cap d’Long, un precioso puerto que ya he sufrido en otras ocasiones. Las vistas y la cerveza arriba bien merecen la pena. De vuelta al pueblo, cena donde la pasta es protagonista como no podía ser menos y a dormir ya que a las 8 de la mañana comienza la dura etapa que nos tienen preparada estos franceses.

