Siempre he sido de los que defienden el uso del casco por encima de todo, entre otras cosas porque ya he roto dos en diferentes caídas inesperadas, pero estamos en pleno mes de julio y los rigores climáticos a veces nos afectan a la cabeza… y al raciocinio.
Teorías hay muchas, los detractores del uso del casco en bici, con diferentes argumentos, me han intentado convencer de la innecesario y superfluo de su uso y con más de un profesional he mantenido debates sobre la utilidad o no del casco, pero ninguno ha sabido responder a esta pregunta: ¿Cuántas personas han tenido problemas de seguridad relacionados con el uso del casco?, creo que siempre ha sido al contrario: la ausencia de este componente ha causado consecuencias graves tras un accedente, incluso la muerte. ¿Se nos han olvidado ya Kivilev, Casartelli o Antonio Martin Velasco?
Una tarde de julio
Hace un par de días decidí desafiar al sol de pleno verano y salí a entrenar a las 5 de la tarde. Mi intención era dar
una vuelta por la sierra madrileña, ascendiendo un par de puertos y disfrutando del fin de la ruta a la puesta del sol, con el fresquete del crepúsculo.
En Miraflores de la Sierra comienzan las rampas duras de Morcuera. El termómetro del ciclocomputador marca 42 grados, debe haber unos 38 en realidad. Comienzo a sudar como un condenado, paro en la primera fuente que hay a un kilómetro de Miraflores y, al tiempo que refresco el bidón y cambio el líquido, me quito el casco, lo cuelgo en el manillar y mojo el pañuelo que llevo habitualmente en la cabeza.
La ley me ampara: en subidas prolongadas nos podemos quitar el casco y, además, la sensación de ir más fresquito es agradable. Hasta que pasan menos de 500 metros, se calienta el pañuelo mojado y ahora voy todavía más agobiado que antes.
Ya sólo quedan 4 kilómetros para la cumbre, llegan las rampas más duras y un par de curvas muy cerradas donde escucho que se acerca por mi espalda un automóvil.
Me pego al máximo a la derecha, faltan unos 50 metros para entrar en la primera curva y escucho que el coche
que circula a mi espalda reduce una velocidad y acelera. En ese momento sale de frente, de la curva ciega, una furgoneta de reparto que bajaba a una velocidad endiablada. El coche había iniciado el adelantamiento y lo tiene que abortar: frena, instintivamente se desplaza a la derecha y me veo subido en la aleta de este automóvil. Como circulo a unos 12 km/h decido irme a la cuneta: prefiero pinchar o caerme en la hierba a que me atropelle un coche, hago una maniobra violenta y, cuando menos lo espero, me encuentro frente a mi cara la señal de “curva peligrosa”. Ladeo el cuello todo lo que puedo y la señal me pasa rozando el poco pelo que tengo.
Reflexión
Eché el pié a tierra y contuve la respiración unos segundos. Los vehículos de la historia desaparecieron. Todo se quedó en un silencio absoluto y me doy cuenta que el pulsómetro marca 180 ppm sin estar moviéndome. Desato el casco del manillar, me lo vuelvo a poner y continúo subiendo el puerto. Ahora el sol no me da directamente en la cabeza, cuando paso de 10 km/h percibo una ligera brisa entre las canalizaciones del casco. Es la última vez que me quito el casco para ascender un puerto.
Post data: Antonio Martín Velasco falleció cuando el espejo retrovisor de un furgón impactó contra su cabeza, muchos han coincidido que si hubiera llevado casco muy probablemente hubiese salvado la vida.