Lo reconozco: no me he podido contener. Al terminar la Vuelta a Ibiza, a la que ya asistí con una conciencia de pedaleo totalmente relajada, me propuse no volver a tocar la bicicleta hasta diciembre pero no he sido capaz. Seguro que los que disfrutáis con los paisajes lo entenderéis y si hay un vehículo capaz de introducirnos en una paisaje y hacérnoslo vivir con intensidad es la bicicleta. Me gusta viajar en moto y en coche, pero no hay nada como la bicicleta para sentir un paisaje. No, no me he vuelto loco: los paisajes, además de impresionar nuestras retinas, se pueden disfrutar con todos nuestros sentidos. El olor de la primavera y el del otoño son muy peculiares, las ráfagas de aire frío y húmedo son diferentes a las del invierno y los sonidos de la montaña no se parecen en nada.
Ahora estamos en un momento ideal para la reflexión, con esa quietud que produce un horizonte plagado de
colores ocres y pardos, el cielo enmarañado con nubes juguetones y el sonido mudo de las laderas enmoquetadas por las hojas caídas. Y qué mejor reflexión que subirnos a la bicicleta y recorrer los mismos paisajes que utilizamos para entrenar, en esos días que nos volvemos locos siguiendo los consejos de las tablas de entrenamiento que nos pone Chema, pero olvidándonos del ritmo cardiaco, del desarrollo más largo que podamos mover con soltura y de la cadencia de pedaleo. Ahora hay que levantar la vista y aprovechar para que nuestra bici, la misma con la que vamos a intentar bajar de las 8 horas en la próxima Quebrantahuesos, nos sirva de vehículo para introducirnos en un cuento de otoño, ese que hoy hemos decidido vivir.
Hoy he comenzado a pedalear en Miraflores de la Sierra, ascendiendo la Morcuera para, posteriormente, recorrer el Valle del Lozoya y regresar al punto de partida tras disfrutar del espectacular paisaje que ha dejado el otoño en el puerto de Canencia. Os dejo estas fotos que he ido tomando a lo largo de la ruta para compartir con vosotros la grandezas de nuestras montañas… también en otoño.









