La bicicleta es un invento perfecto por su sencillez, por lo tanto cualquier complejidad que acompañe a su evolución irá en contra de la filosofía existencial con la que se creó, ya que convertirá en más complejo su funcionamiento mecánico.
Unas llantas de acero son más sólidas que otras de aluminio o carbono, una bicicleta con piñón fijo se avería menos que otra con 11 velocidades, los frenos de varilla daban menos guerra que los de cable… pero vivimos en la era del consumismo y si no se le agrega un valor añadido a todo lo que se comercializa, no existen argumentos para introducirlo en el mercado.
Hace 70 años te podías quedar tirado con la bicicleta si pinchabas, hace 50 si pinchabas y se te rompía la cadena, hace 30 si se te rompía, además, un cable de freno o cambio y, en muy poco tiempo, si se te agota la carga de la batería y la bicicleta deja de cambiar… a ver quién es el “machote” que sube un puerto si el cambio se ha quedado sin batería cuando rodabamos con un 53/11.
Esta presentación ha pecado de radical, porque hay un punto medio entre una bicicleta de 20 kilos de peso y otra con un grupo electrónico, pero enfrentando estos extremos podemos analizar cuál es el estado real de la tecnología que nos espera: de dónde viene y hacia dónde irá el diseño de la bicicleta.
Pero sólo triunfará una tecnología para el futuro que permita mantener la sencillez de la propia bicicleta, ya que los usuarios no van a renunciar a conducir un vehículo tan simple como eficaz porque los dictados de la moda aconsejen algo diferente. O sea que, por ejemplo, todos estamos dispuestos a apretar un botón, en lugar de girar varios centímetros una palanca, para cambiar de corona, pero si ello no conlleva cuidados y mantenimiento específicos o desproporcionados.
Por el momento se está utilizando la cordura y las pruebas que hemos hecho de los más modernos engendros mecánicos mantienen estos principios. Tal es el caso del cambio electrónico Di2 comercializado por Shimano que, a cambio de poner la batería en la base del cargador cada muchos kilómetros, nos permite unas cuantas jornadas de pedaleo placentero, despreocupándonos de si lo que llevamos es electrónico o mecánico. Este nos parece un buen camino y, con la dirección que está llevando la evolución del mundo de la automoción, no nos estrañaría que pronto nos presentasen un sistema de antibloqueo en los frenos similar al célebre ABS institucionalizado en los vehículos motorizados.
Del mismo modo que estamos dispuestos a censurar la complejidad tecnológica, también queremos defender el progreso. Somos hijos de la era en la que nos ha tocado vivir y si hemos adoptado gestos como el de cargar cada pocos días el móvil o la batería de la cámara de fotos, introducir una rutina similar con alguno de los componentes de nuestra querida bicicleta merece la misma catalogación.
Por el momento los consumidores somos los jueces finales y si lo que los fabricantes nos proponen no se acomoda a nuestras espectativas… pues ese pretendido progreso se detendrá y la bicicleta seguirá disfrutando por muchas décadas de su deliciosa simplicidad estructural y mecánica.
Por el momento debemos sentirnos muy afortunados por estar siendo espectadores y protagonistas de todos estos cambios: nuestros abuelos vieron pasar varias generaciones subidos sobre un sillín de muelles, con cubierta de cuero natural, en sus bicicletas en las que nunca cambiaba nada… ni tan siquiera las coronas.