Pablo Bueno

Pedalada a pedalada

Entradas de febrero 2009

La crisis de desconfianza

Publicado el febrero 18th, 2009 por pablobueno | Tags: General

Lo dicen los padres de la economía: la crisis terminará cuando se recupere la confianza. La confianza en los negocios, en las inversiones, en las empresas, en los bancos, en los clientes, en las administraciones… Pues la misma sentencia filosófica le podemos aplicar a nuestro deporte.

No es mi terreno, lo mío, como dice el antetítulo del Blog, son los chismes, los tornillos y la tecnología, pero ningún amante de la bicicleta puede permanecer impasible frente a lo que está pasando -otra vez más- en el mundo del ciclismo profesional.

Ahora le ha tocado a Alejandro Valverde, posiblemente el ciclista que, desde hace 3 ó 4 años, ha estado mejor centrado en la infinidad de dianas inquisidoras que buscaban víctimas fortuitas para crucificar. Pero no ha sido el Tour, ni la UCI, ni el Comité Olímpico; han sido los italianos del CONI los que, tras una maniobra escabrosa (que, además, parece que les ha explotado en la cara) han comparado los parámetros biológicos de las muestras obtenidas en su territorio, en la etapa de Prato Nevoso cuando el Tour visitaba el país transalpino, con las del frigorífico de la discordia.

De manera incomprensible surge una filtración (otra más, que eso ahora está de moda) de un sumario judicial y Valverde se entera por la prensa que le van a llamar a declarar. Ahora el juez español que custodia la OP dice a los italianos que naranjas de la China, que esas no son maneras. Por el momento Valverde no tendrá que ir a declarar a Italia por haberse incurrido en un defecto de forma.

No voy a entrar en la presunta inocencia, o la presunta culpabilidad del ciclista, pero me siento indignado: con todo esto sólo se consigue sembrar la desconfianza en nuestro deporte que, una vez más, ha demostrado ser más rentable para muchos medios que un circo de 7 pistas. Y, de nuevo, se cierra en falso una sospecha. Los interrogantes son infinitos y la desconfianza generalizada: los que desconfían de Valverde, los que desconfían de la justicia, los que desconfían de nuestro deporte, los que desconfían de los medios de comunicación sensacionalistas… ¿Dónde está el beneficio de todo esto?

Hasta que no se recupere la confianza, el ciclismo no volverá a ser grande, pero para esto han de cambiar muchos conceptos y rutinas, los mismos que han llevado a este deporte a ser el hazmerreír de la mayor parte de la sociedad y a catalogar casi de espécimen a los profesionales que viven de él. Ahora mismo si un futbolista, convicto y confeso, es pillado consumiendo sustancias dopantes, puede llegar a ser incluso seleccionador nacional de un país: no me imagino yo a Triki Beltrán como sucesor de Paco Antequera.

Pero todavía podemos ir más lejos. ¿Se persigue que no se deteriore la salud del deportista? ¿Se intenta evitar que un personaje público, con gran notoriedad, difunda una imagen perversa del deportista al resto de la sociedad? Pues la percepción lograda y el mensaje que se ha difundido distan mucho de esas prebendas. La salud no le preocupa, al parecer, a nadie. Se puede perdonar a un ciclista que consume cocaína, pero no al que da positivo por efedrina (broncodilatador). ¿Cuál es la diferencia? Que los que consumen cocaína sólo son malotes y juerguistas y los que consumen un fármaco son unos delincuentes que se les pueden sacar esposados del hotel a las 4 de la mañana. El doble rasero de medir está presente incluso dentro de nuestra propia casa.

Vaya por delante que se tiene que perseguir el consumo de sustancias dopantes y que el deporte, si no está limpio, deja de ser deporte y se convierte en un espectáculo alimentado por los laboratorios farmacéuticos, pero se ha perdido el norte y la caza de brujas es la única justificación de lo que está pasando… y no desaparece la desconfianza.

Volver a sentirlo

Publicado el febrero 16th, 2009 por pablobueno | Tags: General

La semana pasada al fin comenzamos a ver que lo que hay sobre nuestras cabezas es de color azul. Los días grises han quedado en la memoria en muchas partes de nuestra geografía y, cuando nos sometemos al baño del astro rey durante unos minutitos, ya se siente que el calor quiere empezar a hacerse un hueco en lo cotidiano. El jueves hice la sesión rutinaria de rodillo, cada vez me aburre más, ya se acaban los argumentos para mantenerte sobre la bici: a los 5 minutos ya sientes las piernas, a los 10 comienzas a sudar en serio, a los 20 empiezan a molestar las “partes nobles” por permanecer siempre sentado, a los 30 es como si llevases toda la vida pedaleando sobre esa maldita máquina que hace tanto ruido… es insufrible verse convertido en un ciclista de salón.

El sábado amaneció un día luminoso, pero los compromisos domésticos pesaban más que las ganas de montar en bici y el despejado fondo de la despensa y el del frigorífico aconsejaban colaborar en las labores rutinarias de la casa (además: ¡no quedaban barritas de cereales!), pero el domingo era todo mío. El termómetro en el centro de Madrid marcaba 5 grados, preferí no imaginar lo que sucedería en la sierra, ante la convicción de que, a media mañana, el sol lo pondría todo en su lugar.

Ya casi no recordaba cómo colocar la bici en el maletero, incluso había guardado las toallas viejas con las que lo protejo todo para no manchar y, sobre todo, para que no se arañe ninguna parte de la bicicleta, pero esa rutina se recupera rápidamente. Cuando me quise dar cuenta ya tenía de frente las montañas nevadas. Con más ganas que resolución física, me dispuse a realizar la vuelta al madrileño Valle de Lozoya: Soto del Real, Miraflores, Morcuera, Rascafría Canencia y vuelta al lugar de partida. Al bajar del coche me enfrenté con la primera realidad: a las 9 de la mañana el termómetro no pasaba de -2 grados.

Una vez bien pertrechado encajé la primera cala, una pedalada completa y ¡zas! ya estaba todo en orden de marcha. Aunque sólo hace un par de meses que no pedaleaba en serio al aire libre era como si llevase años sin hacerlo: acoplarme a la posición, buscar el pedaleo cómodo, entreabrir la cremallera de la chaquetilla para no agobiarme… me alegró cruzarme con un par de grupetas (muy pequeñitas, eso sí), ya no me sentía tan bicho raro pedaleando con los primeros rayos de sol del final de este invierno tan impertinente.

Al llegar a Miraflores volví a sentir lo que tantas y tantas veces: las primeras rampas del puerto de la Morcuera me situaron en nuestro “país de las maravillas” particular, ese al que todos los ciclistas recurrimos para sentirnos mejor. Las primeras gotas de sudor no tardaron el llegar, el pulsómetro estaba muy por encima de lo previsto y me veía a mi mismo bajando el ritmo para asegurar un final de ruta sin calambrazos ni dolor de piernas. Chema ya me había advertido que había que empezar muy suavecito: dos puertos, con más de 1.500 metros de desnivel acumulado, no es el mejor escenario para estrenar la temporada, pero… a ver quién es capaz de apagar el entusiasmo con el que muchos nos lanzamos a la carretera los primeros días de sol.

No os voy a contar lo que aconteció metro a metro, aunque al tratarse de un reencuentro con la carretera se podría incluso poetizar con lo que sucedió: llegué al puerto de Canencia, desde donde casi se podría quitar la cadena a la bici para regresar al punto de partida, con buen estado general, pero bastante tocado en la energía de reserva: último descenso prolongado. Y, como si hubiera sido ayer la última vez que descendí de este puerto, volví a mirar la velocidad media para intentar subir un par de kilómetros la media. Lamentable, sólo había conseguido llegar hasta ese punto a unos míseros 20 km/h de media. Lucha contra el crono inútil: las piernas no daban más de si y en las curvas había placas de hielo. Al final no llegue ni a los 22 km/h de media, no era capaz de mover con soltura el 50/11 ni en los descensos y los dos donut de chocolate que me tomé en Lozoya no habían logrado el resultado pretendido. Pero había cubierto mis primeros 80 kilómetros de la temporada en una ruta de verdad. ¡Lo había vuelto a sentir!

Ahora es el momento de empezar a preparar el calendario: este fin de semana el Campus de Chozas, tres o cuatro marchas antes de ir a Los Alpes, la Quebrantahuesos… y todo vuelve a empezar, en este año en el que la crisis lo cambiará todo, todo, menos nuestras ganar de devorar miles de kilómetros sobre nuestra bicicleta.

¡Estos japoneses!

Publicado el febrero 9th, 2009 por pablobueno | Tags: General

Todos nos marcamos unas prioridades y tareas en la vida y, a lo largo de los años, intentamos ir cumpliendo esas premisas. Una que creo que muchos tenemos es la de viajar para conocer otras culturas, opción cada vez más complicada ya que, con el fenómeno de la globalización, usos y costumbres son más cercanos, resultando difícil descubrir divisas culturales que nos puedan llegar a aportar algo nuevo.

Fue en agosto del pasado año, en Japón, había que ir al país del sol naciente para cubrir la presentación mundial del grupo Shimano Di2 electrónico. Los responsables de la marca nipona seleccionaron a los ocho periodistas más representativos de la prensa especializada mundial para hacerlo, ya que el despliegue para montar esa actividad era muy costoso y la actual crisis económica ya había dado los primeros avisos en los mercados financieros internacionales: nosotros fuimos los afortunados de los mercados de habla hispana, junto con otros representantes de la prensa ciclista de Alemania, Inglaterra, Italia, Australia o EE.UU.

Al recibir el programa de la presentación estaba casi todo claro: había que permanecer una semana en Japón, cambiando de localidad prácticamente cada día, para asistir a diferentes eventos relacionados con el nuevo cambio electrónico: diseño, desarrollo, fabricación, pruebas… todo resultaba normal, hasta que aparecía inscrito en el programa de los dos últimos días el acrónimo “SSRR”. Con la celeridad del viaje, un jet lag de 12 horas de diferencia y la continua sorpresa al descubrir diferencias tan abismales entre nuestra cultura y la japonesa, no habíamos indagado más en las dichosas siglas.

De lo que sucedió en la presentación ya hemos publicado infinidad de datos en esta web y en la revista de papel, pero ahora queríamos reseñar lo que supuso la mayor sorpresa de nuestro viaje a Japón.

Para finalizar la sesión de pruebas nos dirigimos al circuito de velocidad de Suzuka, situado a muy pocos kilómetros de la ciudad de Kobe. Allí pudimos subirnos a las bicicletas que estaban equipadas con el nuevo grupo electrónico y rodar en las peores condiciones: llovía a mares. Pero todavía no estaba revelada la incógnita.

Enseguida fuimos informados de que participaríamos en el mayor acontecimiento ciclista de cada año, desde hace más de un cuarto de siglo. Las siglas correspondían al Shimano Suzuka Road Racing, un auténtico festival de la bicicleta en el que participan unos 25.000 ciclistas con otros tantos acompañantes, convirtiendo a este célebre circuito de velocidad en el mayor acto deportivo relacionado con el ciclismo celebrado en este país.

La actividad de celebra durante un sábado y un domingo completo y consta de diferentes disciplinas: carrera en línea de resistencia, contrarreloj por equipos, carrera de relevos… todo ello con el circuito cerrado a otro tipo de vehículos y gozando de las magistrales instalaciones de este emplazamiento, como boxes, paddoc, sala de prensa, cámaras de televisión a lo largo de toda la pista, pantallas de tiempos automáticas…

Visto desde fuera, presentado con simplicidad, puede parecer incluso una actividad alienante, pero hay que meterse en el contexto de uno de los países más poblados del mundo, donde las ciudades están atestadas de vehículos de todo tipo y donde es casi imposible encontrar una carretera en la que se pueda celebrar cualquier tipo de carrera popular de estas características.

Llovía con intensidad, las condiciones eran pésimas y las caídas continuas, pero la gente no cejaba en su empeño de participar: niños, jóvenes, chicas, madres, familias enteras… todo valía para formar los equipos que requería la organización para inscribirse.

A los ocho periodistas nos inscribieron en la totalidad de las pruebas y debo reconocer que disfrutamos como adolescentes participando de la euforia de esta actividad, logrando incluso un cuarto puesto en la contrarreloj por equipos.

Maneras de practicar el ciclismo hay infinitas, esta es una buena muestra de ello y el mayor atractivo reside en poder probar cuantas más formas mejor.

En este vídeo podréis descubrir parte del encanto de esta prueba.

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La maldición de los botones y los números

Publicado el febrero 4th, 2009 por pablobueno | Tags: General

Si nos damos cuenta, en un corto espacio de tiempo, se han introducido en nuestras vidas un montón de rutinas diarias que, hasta hace menos de una década, no eran imaginables.

Te levantas, sales de casa después de poner la clave en el móvil, te das cuenta que no llevas nada más que telarañas en el bolsillo y acudes al cajero automático para sacar dinero, otra password. Tienes que abrir la puerta del garaje para salir, pero ya no funciona con llave, ahora hay que marcar un código, la radio del coche parece la consola de un Boeing 747, pero, al fín, logras sintonizar una emisora despertina que te canta las noticias: ha bajado el Ibex, ha subido el Euribor, te das cuenta de que tu banco te va a subir el TAE, ¿porqué no deja de subir el ínice Nikkei?, y el Nasdaq de las tecnológicas, ¡pero bueno, si han vuelto a subir las acciones de Telepizza!

El cerebro humano es una máquina maravillosa: empieza a funcionar al levantarnos y no deja de hacerlo hasta que llegamos a la oficina. De nuevo hay que poner la password del ordenador, marcar las claves de nuestro correo electrónico, hay que volver a introducir un montón de numeritos para ver la cuenta del banco, el registro en nuestras webs favoritas…

Termina la jornada laboral y llegamos a casa: pulsamos unos botones y ponemos la comida en el microondas, mientras preparamos el pulsómetro y reseteamos el ciclocomputador para hacer hoy unos kilómetros de entrenamiento. ¡Horror!, también al mundo de la bicicleta han llegado los números y los botones.

Por fin suena el “clik” de las calas, silvan las cubiertas en el asfalto, el viento le pone musiquita a la jornada y las gotas de sudor pronto nos recordarán que somos humanos. Hemos conseguido desconectar, por unos momentos, de lo absurdo de lo cotidiano.

¡Qué sería de nosotros si no fuera por la bicicleta!

Mi primer aluminio

Publicado el febrero 2nd, 2009 por pablobueno | Tags: General

A mediados de los 90 el dilema era si comprábamos un cuadro con tubería Reynolds 531, Columbus Nero o Dedacciai TreZero, los aluminios de la época eran utilizados, casi en exclusiva, por marcas muy marginales como Alan o Vitus, que empleaban el sistema de racores independientes pegados para unir el conjunto que conformaría el cuadro definitivo.

Tener una bicicleta de 11 kilos era bastante normal, de hecho una horquilla de la época pesaba alrededor de 1.200 gramos, más de lo que pesa un cuadro de hoy en día. Ya existían cambios sincronizados (entonces los llamábamos “indexados”), las ruedas se montaban comprando por separado bujes, radios y llantas y para tener una bicicleta de alta gama había que montarla a la carta, ya que muy pocos fabricantes ofrecían estos modelos ya ensamblados.

Recuerdo que en la Feria de Milán del 99 vimos las primeras tuberías de aluminio aeronáutico listas para comercializar en serie y nombres como Altec, 7003 o Easton empezaron a hacerse un hueco en el vocabulario de los ciclistas. La era del aluminio había entrado en nuestra vidas y aquello parecía no tener fin: Starship, Scandium, Boron… en aquel momento entrevistamos a Enrique del Rey (EDR), uno de los puntales de nuestra industria especializada, y nos confirmaba que el aluminio no tendría límites, ya que las aleaciones que permitía eran infinitas.

Por aquel entonces en Orbea consiguieron la certificación de Columbus para utilizar el tratamiento térmico con el que se endurecían los cuadros elaborados con tubería Starship. Me propusieron hacer una prueba a fondo de este nuevo material y construyeron un cuadro a medida, algo que con el actual carbono es impensable.

Era negro, estaba rotulado como Zeus (así se denominaba la gama alta de Orbea) y al ponerlo en la báscula nos sorprendió con menos de 1.000 gramos. Nos esmeramos en el montaje y, con el material de la época, conseguimos una bicicleta de ocho kilos y pico.

Recuerdo, como si fuera ayer, los primeros compases de la prueba: una bici nerviosa, de fácil reacción, pero, por encima de todo, muy ligera. Incluso nos atrevimos a montarla con doble plato, abandonando casi definitivamente el sempiterno “triple” con el que íbamos a todas partes.

El aluminio apuntaba alto, aquello parecía que no había hecho nada más que empezar… pero una piedra se cruzó en su camino: el carbono. En plena fase de desarrollo de los aluminios más avanzados, los grandes fabricantes asiáticos (los mismos que se habían hecho dueños del proceso de soldadura TIG con la que se unían los tubos de aluminio aeronáutico) estandarizaron el procedimiento monocasco y se comenzaron a ver cuadros de carbono a un precio irrisorio (comparado con sus predecesores). En menos de 2 años, toda la evolución de una década del aluminio, desapareció.

Ningún material ha evolucionado tan rápido como la fibra de carbono, borrando del mapa cualquier competidor: precio, rigidez, ligereza… no conoce rival.

Nosotros seguimos añorando aquella época en la que todos estábamos pendientes de cuál sería la próxima novedad del aluminio y aquel día en el que subimos por primera vez un puerto con un cuadro de este material; nos pasó algo similar cuando pedaleamos por primera vez con un cuadro de fibra de carbono… pero esa es otra historia.

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