Para muchos se ha convertido casi en una obsesión, llegando a transformarse en una especie de dogma que se aleja, de manera tangencial, de lo que debería aportarnos la verdadera filosofía del ciclismo, si es que existe algo a lo que podamos considerar como “verdadero” el un mundo tan extenso como este del ciclismo.
Medir rampas, de manera casi milimétrica, se ha elevado al término de arte por algunos ciclousuarios que ven en la modalidad de subir puertos la quintaesencia de la vida, hasta el punto de convertirse en fanáticos de las matemáticas de lo absurdo. Porcentajes, coeficientes, desniveles, vertientes, gradientes… son las realidades de cualquier montaña y debemos controlar, con autoridad, esos datos para poder disfrutar de una ascensión sin sorpresas inesperadas, pero de ahí a convertirlo en una especie de religión…
En mi archivo de altimetrías llevo acumulados por encima de medio millar; es el trabajo de muchos años pedaleando en contra de la fuerza de la gravedad y recopilando datos para ilustrar la información que damos de las grandes vueltas en Ciclismo a Fondo. He pasado jornadas inolvidables descubriendo puertos nuevos (como el Pico de las Nieves o La Pandera), rampas inverosímiles (Bola del Mundo) y subidas insospechadas (Col de Pal), y pretendo seguir así muchos años, pero no cambio todas esas carpetas de fichas, listados y fórmulas por uno de los muchos momentos que he pasado en otras tantas montañas, descubriendo paisajes y siluetas mágicas (un atardecer en Prato Nevoso, con el Agnelo en el horizonte).
Debo reconocer que, al principio, yo también caía en la tentación de poner por delante las cifras a la realidad, y creo que he perdido muchas jornadas estando más pendiente de los altímetros, el GPS y la grabadora, que de los lugares por los que he pedaleado. Pero siempre disponía de la convicción de la gran utilidad que tenían esos cientos de gráficos que hemos publicado año tras año. Hasta que un día lo miré desde otra perspectiva.
La Vuelta a España terminaría la penúltima etapa de una edición (no recuerdo el año, pero hace menos de cinco) en el Puerto de Malagón (vuelto a bautizar recientemente como Abantos), el trazado era distinto al de otros años y los ciclistas recorrerían las calles de San Lorenzo del Escorial en busca de las peores rampas de toda la sierra madrileña. Creo recordar que medí hasta un 17% de pendiente, a la salida de la calle de Las Pozas, cuando lo ascendí por primera vez. Despiecé cada kilómetro en tramos de 100 metros e intenté dibujar la subida en tres dimensiones para ofrecer una panorámica lo más real posible. Ahora sólo quedaban los jueces: el pelotón de ciclistas profesionales, los que de verdad entienden de puertos.
El día previsto la carrera llegó hasta San Lorenzo del Escorial, como una exalación recorrieron las calles y, al llegar a la calle de las Pozas, engranaron un par de coronas más grandes, se pusieron en pie sobre los pedales y desaparecieron a la velocidad de la luz. Incluso los últimos del pelotón echaban chispas por estas rampas. A Carlos de Andrés a duras penas le dio tiempo a relatar esas “paredes” que aparecían, de manera tan clara, en el libro de ruta.
Hay puertos imposibles, como los temidos Mortirolo, Angliru o Zoncolán y subidas agotadoras, como el Galibier, la Madeleine o el Iserán, pero no dejan de ser carreteras inclinadas hacia el cielo, que se suben eligiendo el desarrollo apropiado y afrontándolas con la forma física necesaria para superar ese tipo de retos: el resto, bajo mi forma de ver, son argumentos de salón, que desaparecen cuando las calas hacen “click” en los pedales. ¿No será que más de uno debe pasar menos horas en el salón y más en la carretera?







