Algo saldrá al final de todo esto. Pero no puedo hacerlo de otro modo. Voy de culo, sin frenos y cuesta abajo. Si ya de por si voy liado con mis temas de siempre, llevo varios días con unos horarios de trabajo muy raros. Los dos últimos días de la semana pasada, las cuatro y las dos de la mañana para comenzar a trabajar. Aún así, me considero un privilegiado teniendo en cuenta como está la situación, pero si que me sirve de excusa para llegar derrotado a la Rompepiernas. Para hacerse una idea, la madrugada del viernes comenzaba a las dos de la mañana y llegaba casa a las ocho y media de la mañana para acostarme sobre las nueve. A las doce de la mañana ya estaba en pie. Y ya no volvería a acostarme hasta las once de la noche. Todo ello con viaje incluido a Sos del Rey Católico que es de donde partía la Rompepiernas. Que me pregunten a mí por que tuve algún calambrazo el sábado. No hay que pensar mucho…
El miércoles pasado, día del trabajador, se había planteado una salida un poquillo larga. Unos ciento cincuenta kilómetros entre ida y vuelta hasta el Alto de Monlora. Un tanto larga teniendo en cuenta que el sábado serían otros ciento setenta kilómetros de cicloturista con ocho o nueve puertos y quieras o no a un ritmo bastante más exigente. Y sobre todo si te da por juntarte con calatornenses y peor todavía si van siete.
Calatornenses: Ciclistas de “Calatornao”. Localidad sita entre Moncayo y la ribera Zaragozana en donde sopla excesivo viento. De ahí que algo se les quede.
Vaya desastre de preparación. Buenos consejos vendo que para mi no tengo. De los últimos años creo que es el peor que lo llevo. Intentaremos enderezar el asunto. Por supuesto, jueves y viernes ni tocar la bicicleta. Llegábamos a Sos y yo con la genial idea de ir en manga corta con una cazadora de paño. Casi me quedo como un pollo en el primer paseo por el pueblo. Mi mujer más previsora iba como si fuese destinada al Ártico. Tuve que volver a la habitación de donde nos alojábamos para ponerme una camiseta térmica de manga larga. Luego a recoger el dorsal, cenar y a dormir.
El día de la marcha tenía varias proposiciones para hacer la marcha en compañía. La más sugerente la de los chicos de “Calatornao” ya que iban siete e iría más arropado…o aporreado. Ya dudo si me dijeron vente con nosotros que te arroparemos y lo que me quisieron decir es que como vengas con nosotros te aporrearemos. Menos mal que según el informe que me habían pasado de los mismos, había dos que no subían excesivamente, otro iba con una contractura en una costilla y otro sólo entrena a base de rodillos… El mejor ejemplo de cría cuervos que te sacarán los ojos.
Salía con el dorsal cuatro, lo que me daba opción a salir delante. En esta edición hubo un pequeño cambio debido a unas obras y comenzábamos de salida con puerto. Sufrimiento de salida y a penar desde un principio. Y luego peligro en la bajada. Carretera estrecha, todavía poco distanciados los grupos y la gente baja como si le fuese la vida en ello. Llegábamos al primer tramo llano y en el único repecho que había, a un pobre hombre se le parte la biela al ponerse de pie, se da una galleta de escándalo, en la caída arrastra a otro y yo tengo que hacer filigranas para no caerme, teniendo que echar el pie a tierra. Resultado que me quedo cortado de un grupo numeroso. Me meto una pechugada de escándalo para intentar enlazar y cuando ya los tengo a tiro de piedra, deben ver a otro grupo que iba delante de ellos y aceleran haciendo que el calentón mío no me sirviese para nada. Me quedo en tierra de nadie y justo antes de comenzar el segundo puerto de la jornada, oigo gritos por detrás. Al volverme veo que viene el equipo “vente que iremos todos juntos a la marcheta”, comandado por “el Rey del huevo frito”. Ramoncín era el del pollo, en Calatornao está el rey del huevo (no hay dieta precompetitiva que se le resista).
El caso es que en un primer momento y tras los saludos, me acoplo al grupo y veo que la marcheta no es tan relajada como en un momento podría parecer. El primer puerto con ellos lo subo cómodo, muy cómodo. Y el siguiente también. Bueno, parece que la cosa no irá tan mal…hasta que llega la bajada.
Éramos un grupo numeroso y me fueron pasando todos hasta quedarme cortado. La verdad es que creo que se puede bajar más relajado. Pero bueno, cada uno con su cuerpo hace lo que quiere. Terminó la bajada y me tocó darme otro calentón hasta que los alcancé en un repecho pero echando más babas que un caracol. La cuestión era seguir con ellos por que desde Luesia hasta Biota teníamos una treintena de kilómetros llanos. Llegábamos a Uncastillo y todavía tocaba remar unos cuantos kilómetros hasta llegar a Luesia. El supuesto contracturado debió tener suerte en alguno de los pocos baches que había en el recorrido y al cogerlo, debió descontracturarse. Deducción que hice en vista del ritmo que puso a la salida de Uncastillo. Eso o le gustan mucho las pelis de la época Medieval y se emocionó al paso por la localidad. Yo miraba a los restantes descendientes de Calatornao a ver si veía algún atisbo o muesca de desagrado. Pero para mi pesar aún les quedaban ganas de ir contando alguna gracia que otra. Lo que quería decir que de seguir así me quedaban dos telediarios en aquel grupo y que de hablar con ellos tendría que hacerlo por Wassaph. Y para mi desdicha, a la vista otro grupito. Ni dopamina, ni adrenalina ni leches. No hay mejor neurotransmisor para activar el sistema central que focalizar a través de la retina cualquier objeto que veas a una cierta distancia y que da pedales. Foto del equipo de Calatornao (sin dar pedales son más majos).
Maldita gracia que me hizo a mi semejante visión y sobre todo si al mismo tiempo observé una estaca clavada al borde de la carretera con una cartulina de puntos rojos que indicaba comienzo de puerto. De todos los modos a esta marcha se les ha debido ir la mayor parte del presupuesto comprando cartulinas con lunares ya que me tiré toda la mañana viéndolas por todo el recorrido.
En definitiva, que cansado del ritmo, “vente con nosotros que iremos a la marcheta”, me quedé mirando pa Cuenca y abandonado a mi suerte. Me fueron agregando metros de separación hasta que afortunadamente uno de los ataviados con los colores de Calatornao cedía unos metros. Ante semejante visión no me quedó otra que volver a apretar los dientes para pegarme a él como una lapa ya que era mi salvavidas para no quedarme sólo en los kilómetros que quedaban de llano. Y así fue, lo alcancé y pude agregarme de nuevo al grupo. Comí, bebí y descansé lo poco que se pudo ya que no se iba despacio.
Y al girar para tomar la carretera que llevaba a Biota, había un pequeño repecho sin apenas pendiente. Pero al ponerme de pie, me dio un jetazo el femoral derecho que me contracturó hasta el lumbar. Tuve que dejar de pedalear y al sentarme quiso darme otro amago. ¿Deshidratación? Qué narices, falta descanso y de entrenamiento adecuado.
Total que me quedé más solo que la una y comencé a planificar la estrategia para no llegar a Sos a la hora de la cena. Kilómetros duros en donde comienzas a darle vueltas al coco: “tendría que haber hecho la corta”, “quién me mandará meterme en estos berenjenales” “Si no entrenas qué quieres” “poco mejor estarías con tu mujer haciendo la visita turística en Sos”. Y lo más evidente de todo era qué narices pintaba yo en toda esta película. Resumiendo: sufrir lo justo y esto me lo tengo que tomar para desconectar y pasármelo bien. O me tomo un año sabático de ordenador e historias y me dedico a entrenar para volver a las andadas y por lo menos disfrutar más….
Precisamente este mismo recorrido era el de la Ruta de los Castillos que con 153km, dejó de celebrarse unos seis años. En su última edición estuve más de cien kilómetros escapado. Salíamos de Ballobar y para variar me fui de salida en compañía de Carlos Gonzalez de Sabiñánigo y Héctor Pelegrin. Pasamos los tres juntos el puerto de Biota y en el puerto del Corte, dejamos ir a Carlos por que subía mucho. Fui tirando de Pelegrin por que no llevaba fondo (el año anterior había estado a punto de pasar a profesionales). El puerto de Uncastillo que el otro día se me hizo más duro que una pared, hace seis años lo subí prácticamente a plato con soltura. En el puerto de Sos, el que subimos el otro día de salida, nos alcanzaron por detrás Irigaray (que el sábado hizo segundo), Artola y Artajos. Llegaron como lobos y aún así me llegué a enganchar subiendo con ellos a plato todo el puerto y sobrado. Pelegrin se quedó y nos quedamos cuatro más Carlos a poco más de un minuto. Pasado Castilliscar y Sofuentes, subí con ellos Mamillas prácticamente hasta arriba. A falta de un kilómetro me soltaron. Al final me cogió un grupo de siete y después de la soba que me había dado, aún pude disputar la llegada, hacer séptimo de la general y ganar la categoría en cuarenta. Igualito que ahora…
Resumiendo, que sino me tiro aquí tres días, el sábado cuando llegué al alto de Uncastillo no hice los últimos treinta kilómetros y me quedé con 140km y cinco horas de bici para seguir cogiendo volumen de cara a no ser devorado por la QH. Eso sí, el recorrido precioso y es de las pocas marchas en donde los pueblos se vuelcan a su paso. Otra marcha que crece y coge más prestigio.
El domingo hice otros 120km y el lunes otros 80km. Ayer descansé y hoy me he calzado otros 130km con cuatro horas y cuarto.
Este fin de semana relax en la Kedada de Urrez que organiza Campagnolo. Y este viernes creo que ya comienzan a colgarse los capítulos grabados de la QH. Un avance:























