Chema Arguedas

El entrenamiento divertido

Los minutos de gloria…mejor al final

Publicado el mayo 31st, 2010 por chemaarguedas | Tags: General

Después de la tempestad viene la calma. Y así transcurrió mi semana pasada. Había que llegar fresco a los Puertos de la Ribagorza. Uno de los días, el miércoles, Fran Ventoso, que actualmente milita en las filas del Carmiroo italiano, junto a mi amigo Diego Tamayo, se pasó por Zaragoza. Un apellido muy apropiado para venir por nuestra tierra. Pude charlar con él sobre  sus entrenamientos con vatios. Él tiene el título de entrenador nacional y además tiene muchos años de experiencia a sus espaldas, o mejor dicho, en sus piernas. Es bueno compartir experiencias.

Los prosEl viernes por la tarde, cuando vi que Arroyo se quedaba al comienzo del Mortirolo y ver cómo iban los del Liquigas, empecé a ponerme nervioso y decidí cargar el coche con todos los bártulos y las dos bicicletas. Ya me enteraría del final de etapa.
A Graus me acompañaba mi mujer, que desde este sábado, es conocida en aquellos lares como “el águila de La Puebla de Mon”. Sigue con el entrenamiento para su Treparriscos y junto con una amiga, se hicieron el primer bucle de la marcha hasta el paso por Graus.  Y como se quedó con ganas, se hizo un puertecillo de dos kilómetros, que había en ese pueblecito cercano, hasta cuatro veces. Una variedad nueva, denominada  interval porto training.  En la tercera subida, un lugareño salió a su paso, preocupado de ver a dos jovenzanas (esto me suma dos o tres puntos en la cartilla) subir tantas veces, pensando que se habrían perdido.
Por la tarde estuvimos en el pabellón, recogiendo el dorsal y charlando con amigos y conocidos. Con algunos hay que aprovechar para hablar cuando están sin subirse a la bicicleta, porque en cuenta les toca el culo el sillín, se ponen muy violentos. Estuve charlando con un violento de éstos, que la semana anterior, había hecho entrenando la Quebrantahuesos entera en 5h 45m.
En plan de coña, le comenté a alguien, que si supiese que arrancaba y llegaba con ventaja al primer puerto, me iba de salida ya que hay once kilómetros hasta llegar al  cruce donde comienza. Se mascaba la tragedia.

salidaA las ocho y media de la mañana se daba la salida a la “marcha cicloturista”. Mañana estupenda en lo meteorológico.  Antes de nada, el que me siga en el blog, recordará que he estado más de dos meses de baja por culpa de un dedo, en los primeros diecisiete días de este mes, sólo salí dos veces y sólo he cogido continuidad desde la kedada de Ciclismoafondo, que tuvimos en Sabiñánigo.  Todos estos detalles son interesantes de reseñar, para el entendimiento de lo que posteriormente ocurrió, o mejor dicho, para ver hasta dónde llega mi estado de consciencia o mejor dicho, inconsciencia.
Hay una parte del consciente (parte del cerebro que debe estar más regada) y otra del subconsciente (esta la suele liar muy a menudo).
A mí, esta última parte del cerebro es la que me afectó el sábado. Debido a la inactividad o falta de constancia en los entrenamientos,  es sabido que mi peso me ha traído de cabeza este invierno…como a muchos. Sobre todo debido a mi buena gana a la hora de comer.  Y para hacerme flaquear ante la mesa, éste subconsciente se ha debido quedar rallado, después de haber estado todo el invierno diciéndome: el que come escapa, el que come escapa, el que come…
Y eso es lo que debió pasar. Todavía no habíamos salido de la localidad de Graus, cuando se me debió cruzar alguna neurona  que decía, el que come… se escapa. Y se me ocurrió decir, en voz alta:
-A que arranco…
Y sólo faltó que Alberto Roca, reconocido ex ciclista y colega, dos veces campeón de España de Ciclismo en Pista, dijese:
-Si sales, yo te acompaño.
A esto último, mi neurona le debió dar una traducción un tanto particular y como le vino en gana, ya que debió entender algo así como lo de…a que no hay güevos.
Pues nada, sólo me faltó gritar, ¡Banzai!, ¡el tío de la Vara!, ¡dejarme solo! o vocablos similares, porque allí que levanto el culo del sillín, cargo el 53×12 y allá que me voy. Eso sí, todos los coches que abrían cabeza revolucionados, ya que me les echaba encima y comenzando a pitarse pidiéndose paso unos a otros, las motos comenzaron a arrancar, la sirena de los guardias civiles comenzó a sonar y empecé a ver sólo asfalto.
En esto que alguien, otro suicida, había salido adosado a mi rueda. Era Alberto Roca, hombre de palabra, que por si me hacía falta convicción o no me había dado cuenta,  me dijo:
-¡Venga, que nos vamos! (solo le faltó añadir “a prender fuego”)
Por un momento se me pasaba por la cabeza: “¡hombre, que esto va de cachondeo!”. Pero nos encontrábamos en una encrucijada y estábamos en el punto de no retorno. Había que tirar para delante, salvo que quisiésemos hacer más risa que la que luego hicimos. La verdad es que no quería mirar atrás, y esperaba que en breves me viese rodeado de nuevo, por bicicletas. Pero no, lejos de oír el ruedo del pelotón, lo siguiente que escuché por parte de Alberto, no con mucha ilusión por cierto, fue:
¡Qué mamones, que nos dejan marchar!
Estas palabras traducidas a nuestra situación, suponía que nos íbamos a pegar una abrasada, y en frío, que ya veía descojonándose a la Garza en algún punto del recorrido, como mal menor.
Eso sí, no sé que harán con todas las fotos que nos hicieron, pero debo tener por ahí unas cuantas. Y el sponsor tampoco se puede quejar de publicidad. Giraba la cabeza y el pelotón ni se veía. En eso que se acerca un coche del Spiuk y nos dice:
-Lleváis un minuto largo. Si necesitáis algo lo pedís.
¿Necesitar algo? ¡Ja! Ya ves. Y yo pensando si me paraba o no me paraba en el arcén, y hacer como que se me había roto la bicicleta, para tener la excusa perfecta y terminar con esa agonía. Pero no podía dejar en la estacada a mi compañero de escapada, aunque quizás él debía estar pensando haber si pinchaba.

Chema y Koro

Chema y Koro

¿No dicen que un minuto de gloria? Pues nosotros tuvimos quince o veinte minutos. Lo que tardamos en llegar al desvío para empezar el puerto. Podían habernos cogido en una bajada, en un llano, pero no, justo cuando comenzaba la primera rampa fuerte del puerto.
En esos momentos, con las piernas como botijos, con sabor a sangre y ácido láctico hasta en las uñas de los pies, me pasó hasta el primo del apuntador. Me hubiese venido muy bien, más que mi compañero de escapada, Juanito Oiarzabal o Edurne Pasaban, a ver cómo subía aquella montaña. Al final me costó horrores coger el ritmo y lo siguiente era a ver cómo me convencía de que al paso por Graus, no me quedaba en el coche. Son cosas que es inevitable que se pasen por la cabeza en esos momentos.
Me recuperé y después de decirme gilipollas unas doscientas veces, y adaptarme a un grupo…pasan como dos obuses dos colegas de entrenamiento semanal, tirando de un paquete de considerables dimensiones. Rodolfo y Ángel (más conocido, como el hombre que no sabe ir despacio). Habían salido tarde e iban recuperando posiciones. Pues hala, con lo tranquilo que iba, a currar y echarles una mano dentro de lo que pudiese. Al paso por Graus, desistí y pasé a descansar en el grupo. Ahora me tocaba decirme otras trescientas veces, porqué narices me había apuntado a la marcha larga.
Llegamos a Campo. Estábamos a punto de afrontar las primeras rampas, del segundo puerto de la jornada. ¡Venga! Otra vez a escuchar eso de:
-¡Venga Chema!
A ver que día me toca a mí y tengo que pegarme todo el puerto diciendo:
¡Venga Carlos, Juan, Andrés, Raúl, etc., etc. ¡
Una vez arriba coronado el puerto y comprobado que tenía todas las pegatinas del cuadro en su sitio, me lancé tumba medioabierta, a la vez que charlaba con un colega de Zaragoza. Recordando viejos tiempos en los que iba en posiciones más adelantadas.
El siguiente puerto, lo subí mucho mejor de lo que esperaba e incluso dejé a gente. Pero en la bajada, me volvieron a coger. En las bajadas, dejó que la bicicleta se lance. Al llegar a la curva, freno y trazo bien o mal, pero la bicicleta está dominada. Al salir de la curva se vuelve a lanzar por la inercia y así hasta abajo. No entiendo, como teniendo que ir a trabajar el lunes, con familia e hijos, algunos se lanzan como si les fuese la vida en ello. Vi unas galletas de flipar. Ciclistas ensangrentados y tirados en el arcén, por supuesto estaban ya siendo atendidos. La verdad es que me entristece y no lo entiendo. Y en todas las marchas igual.
Bueno, quedaba el más duro de todos. Seis kilómetros al 7,5% de media. Pero mira por dónde, comencé despacio y a ritmo cansino, hasta que conseguí coger un ritmo bastante majo. Tras coronar el último puerto, y bajar con precaución, me adosaba a un grupo no muy numeroso.
Graus, 47 kilómetros y un viento de cara de asustar. Y mis piernas no estaban para ayudar. De hecho en uno de los repechos, me visitó la Garza brevemente. Me fastidia mucho no poder echar una mano en esas circunstancias, pero no podía hacer más. Cuando nos quedaban unos treinta kilómetros, nos cogió un grupo muy numeroso, comandado por un cicloturista que cuando lo vi me alegré mucho ya que lo conozco y tirando es una máquina.

Iñaqui, Koro y mi mujer

Iñaqui, Koro y mi mujer

 

Como se suele decir, nos llevó en volandas. Pues bien, aún hay parásitos, porque es lo que son, cicloturistas insolidarios, que son incapaces de asomar el morro para que no se despeinen y cuando faltan los últimos kilómetros empiezan a aparecer por cabeza del grupo para luego justificar un sprint. Pobrecillos, hay que entenderlos, por favor. No es lo mismo hacer el 425 de la general que el 436…Lo siento pero no puedo con ellos.
Encima son los que muchas veces provocan las caídas al final. Y para lo único que debían pasar por delante, es para dar las gracias al que les ha llevado a rueda.
Al final, 6h 19m y satisfecho. Llegué cansado, bastante cansado, pero después de mis entrenamientos, es lo mínimo que puedo esperar.

El sábado la Jacetania.

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