Por lo que a estos lares se refiere, este fin de semana ha sido más largo de lo habitual. Tres días para disfrutar de familia y bicicleta. Por supuesto, por este orden. El jueves a media tarde, llegábamos a Jaca bajo una intensa cortina de agua…para variar. En abril aguas mil.
Confiaba en que mejorase durante la noche, ya que el viernes había quedado con un amigo que se acercaría hasta Biescas, con el fin de hacer un pequeño entrenamiento sin importancia. Subir Cotefablo, darnos la vuelta, subir el Portalet por el lado español y a la bajada subir a los lagos de Panticosa y a continuación por Hoz de Jaca a Biescas. Pero al final no pudo ser por compromisos familiares de última hora. Por lo tanto, entrenamiento al carajo y para ahogar mis penas, nos fuimos a tomar un vermú con la familia. Cambié la bebida Isotónica y powerbar por banderillas varias y rosadito fresquito. Tampoco estaba mal el cambio. Si no puedes con el enemigo, únete a él. Os puedo asegurar que no sentí remordimientos.
Por lo tanto, después de los entrenamientos que había hecho martes y miércoles, ya llevaba dos días de descanso, jueves y viernes. Me quedaban dos días para entrenar (sábado y domingo) y además estaba descansado.
El sábado amaneció un día radiante y soleado. Acudí al punto de encuentro del club ciclista mayencos, ya que por estas fechas y si el tiempo lo permite, las salidas suelen ser bastante consistentes. Pero lo que yo no sabía es que iba a ser tan consistente. Como parece ser que no tuvieron suficiente el viernes, el cuál habían hecho la cicloturista de la Jacetania entera, algo así como 140 kilómetros y no sé cuántos puertos, ese día iban hacer la Quebrantahuesos entera. No todos, pero sí unos cuantos acompañados por algunos que vinieron de Sabiñánigo, del club ciclista Edelweiss y otros que iban a ir al encuentro para coincidir en Laruns. Para qué nos vamos a andar con chorradas ni medias tintas señores. Más vale que sobre fondo que no que falte. Además aún les quedaba el domingo para estar todo el día en la cama.
¡Ya huele a QH y estamos en abril! Por un momento me vi tentado de acompañarles, pero no estaba mentalizado ni preparado. No tenía ganas de subir el Marie Blanque a gatas con mi 39×23, sufrir el ataque voraz de la Garza, y además sufrir un ataque de estrabismo en el Portalet y llegar con un ojo mirando pa Francia y el otro pa España. Lo más inteligente era acompañarles durante un tramo ya que una retirada a tiempo es una victoria.
Cuando comenzamos a dar pedales y nos adentramos (a esas horas la incursión es más bien sin sol) en el valle del Aragón, el cuál conduce a la frontera francesa a través del Somport, me dije unas cuantas veces capullo, porque en vez de piernas tenía dos gambas congeladas y en evolución a gambones, debido al color que estaban adquiriendo. Todo esto por el frío.
Uno de mis comentarios, entre bromas, era que si así pensaban dar la vuelta entera (no íbamos nada despacio), sería buen momento para coger mi coche e ir al encuentro por el Portalet. Una buena forma de hacer amistades para siempre. Recoger a alguien en circunstancias agonísticas y con una tostada (pajarón) de campeonato, puede suponer un lazo de hermandad y no te digo si encima le llevas una coca-cola.
A colación, recuerdo una vez cuando jugaba al fútbol, y con escasos veinte años cumplidos, un nuevo compañero de equipo se lesionó durante el partido. Al término del partido con el coche de mi padre que me había dejado prestado (esto es de comentar porque era después de intensas negociaciones), le llevé al hospital y estuve con él hasta que lo escayolaron. Después, lo llevé a su casa.
Le perdí la pista, y al cabo de los años, haciendo fila con unos amigos, en una de las discotecas de moda de Zaragoza y con menos posibilidades de entrar, que yo de ganar una carrera master, se acercó uno de los dos “gorilas” que flanqueaban la puerta y me dijo con el dedo que me acercase. Tal como me señalaba, pensé:
Ya está, me ha tocado la china y todas las risas que nos estamos echando aquí las voy a pagar, pero en aplausos faciales.
Cuando me hice paso entre la gente, a que no sabéis quién era el encargado de dejar pasar a la sala:
-Sí señor, el compañero que llevé a casa escayolado, hacía algún año.
A pesar de haberlo tratado muy poco tiempo, todavía se acordaba de mí. Me acerqué, me saludo en colega y me quedé con él hasta que les tocó el turno de fila a mis amigos y pasamos todos.
No veas mis colegas, qué mosqueo y yo casi no entro por la puerta de lo ancho que iba.
¡Ostras tío! ¡Vaya contactos que tienes!
Je, je, ya sabéis, Chema Manero.
Bueno, que me pierdo. Como digo, la marcha era muy buena y sin darnos cuenta, hablando y entre alguna risa que otra, llegamos a Canfranc. Claro está, como yo iba descansado, fresco y mi excursión iba a ser menor, me permití subir a buen ritmo. Desde Candanchú subimos juntos y dio tiempo de hablar de nutrición y hasta para contar algún chiste, relacionado con el tema. Seguro que este año cuando pase por esa curva me acordaré del que contó uno de ellos:
Chica, estoy preocupada. Mi marido no me come, nada.
¿Y eso? Comentó la amiga.
Y eso tampoco.
Una vez arriba y deseando suerte, nos despedimos y deseamos buena ruta. Alberto y yo, después de hacernos las respectivas instantáneas, nos fuimos de camino a Jaca, no sin antes hacer de improvisado fotógrafo para una parejita que también iban a hacer La Quebrantahuesos. Eran de Gerona, aunque vivían en Madrid y habían ido de propio a reconocer el terreno.
Cuando llegamos a Jaca, Alberto paró a tomar café y yo continué para dar la vuelta por Oroel y San Juan de la Peña. Tengo que decir que es una vergüenza y qué carreteras tenemos en esta región. Se deben estar gastando todo el presupuesto en comprar gravilla para echarla en las comarcales. Un auténtico peligro, ya no sólo para las bicicletas, sino para las motos. Desde el comienzo del puerto, casi dieciocho kilómetros llenos de gravilla hasta tal punto que bajaba más despacio que subía y la rueda hacía mención de quedarse frenada. Pues ¡venga!, una carretera que era mi zona de entrenamiento, a tomar viento. Imposible dar marcha atrás y tuve que dar la vuelta por la nacional de Pamplona a Jaca. Una carretera sin arcén, pero más segura que volver por el mismo sitio.
En definitiva, me salieron casi cinco horas de entrenamiento y tres puertos. Que no suena a fanfarronada, pero cuando entré por la puerta de casa, tenía la sensación de que no había hecho nada y más fresco que una rosa. Y que conste que no fui despacio.
Esta claro que la razón, no era el vermú del día anterior, pero sí el estar descansado. Algo que salvo por obligación, es algo de lo que suele carecer el cicloturista con tiempo: descanso.
Por la tarde paseando por Jaca, me encontré a uno de los integrantes de la aventura y pude comprobar que aún le quedaban fuerzas para empujar el carrito de su chico. Por cierto, paseando por la misma calle Mayor, me encontré con David Cañada.
Estuvimos hablando de la cicloturista a Monlora, en la cuál fue homenajeado y la hizo entera. Cuando le comenté donde me había descolgado, porque no me arriesgaba a bajar por una carretera tan estrecha a más de sesenta por hora y cien tíos, me contestó:
-Yo iba en cabeza y pensé: O estos tíos controlan mucho o no tienen conocimiento.
El domingo tenía pensado acudir al punto de encuentro. Pero en un momento de lucidez, dije: Estate quieto que estos son capaces de hacer la Jaca-Madrid-Jaca. No la verdad, es que sabía que iban a ir por el plano hasta Biescas e iban hacer poco. Al final me quedé en casa a trabajar con el ordenata y semana nueva. El domingo carrera de master en casa y me la pierdo por comunión, pero a partir de ahí…. ¡Vaya mes!











