Me parece que ya les he pillado el truco. Como veréis a estos Gremlins, hay un antes y un después. Según la leyenda, a un gremlins, no puedes mojarlo y darle de comer después de las doce de la noche, porque se reproducen y además se vuelven muuyyy malos.
Algo así les debe pasar a unos cuántos colegas con los que salgo el fin de semana y que los ves tan adorables, tranquilos y apacibles antes de la salida. Suelo tomar un cafecito con ellos y cuando salen del bar…se transforman en máquinas de dar pedales. Ya no son tan adorables. Por narices, tiene que ser el café.
Aunque he comprobado que no tiene que ser el café. Suele ser cuando les da el aire de frente, cuando no tienen a nadie delante. Y ese es mi amigo Diego Tamayo.
Como carta de presentación, os diré que este año corre en un equipo profesional italiano, de categoría continental: El Carmiooro-AStyle. De momento, ha estado un mes atrás, partiéndose la cara con Pozzato, Bennatti, Garzelli y algún que otro extraterrestre más.
El sábado cuando salimos la grupeta y llevábamos un par de kilómetros, hizo acto de presencia y tuve la ocasión de ir hablando con él, ya que hacía mucho que no coincidíamos. Pasaban los kilómetros y parece que iba tranquilo, hasta que….¡Noooo! ¡Qué habéis hecho! ¡No puede darle el aire en la cara! ¡Tiene que ver delante algún culotte!Demasiado tarde. Los que llevábamos delante, habían desaparecido y sólo se veía asfalto. Ni os quiero contar, la que se lió hasta llegar al alto donde siempre vamos los sábados. Bueno, a mí me lo contaron.
Esta situación me hizo recordar viejos fantasmas, quiero decir recuerdos, del inicio de la campaña de cicloturistas. Por esta zona, se suele comenzar con la Subida a Monlora.
Es una marcha cicloturista de 125 kilómetros, con salida en un pueblecito de las Cinco Villas y con apenas 800 habitantes. La llegada está en lo alto del Santuario de Monlora. Una cicloturista sencilla y un club modesto como es el club ciclista Ejea, pero que este año ha puesto un tope de 500 inscripciones y casi están cubiertas.
Siempre he tenido algún contratiempo en esta cicloturista. Hace un par de años fue el más sonado. Siempre suelo llegar con tiempo suficiente. Me gusta ir tranquilo y sin prisas. Aquel año, me acuerdo que estaba cansado de dar vueltas, saludando a uno y a otro, además de haberme tomado un par de cafecitos (qué mala suerte, a mí no me hace el mismo efecto que a mis colegas). Cuando ya quedaban diez minutos para la salida, me dirijo al coche y …. ¡Ay madre! ¿Y mis casco? En cuestión de nada, ya se había enterado toda la marcha de que había uno que se había dejado el casco en casa (es que no se puede ser pofesional). Entonces salíamos unos doscientos. Aquel día también se acercó a acompañarnos Diego. El día anterior había participado en el Memorial Valenciaga, una de las carreras más prestigiosas del calendario aficionado y había terminado en cuarto lugar.
Alguien de la organización se acercó y me dijo que por su parte no me iban a impedir que saliese sin casco. Pero lo tengo muy claro al respecto: el casco es sagrado. He visto muchos partidos por la mitad como cocos.
A uno se le ocurrió la idea del siglo. En el pueblo había un cicloturista que no iba a participar, porque había tenido una boda la noche anterior. Seguro que si iba a su casa, que además estaba allí mismo, me dejaría su casco muy a gusto. Ni me lo pensé. De todas las formas, no habíamos caído en la cuenta, que de cabezas….también hay tallas. Bueno, el caso es que allí estaba a las ocho y media de la mañana, llamando a su puerta.
Tardó en bajar y otro poco en buscar el casco. A todo esto, toda la cicloturista pasando por delante de mis narices, mientras esperaba a que me bajase el casco. Cuando bajó, hacía ya un rato que había pasado el coche escoba.
A partir de aquí, la historia tiene miga. La casa estaba entre la plaza, de donde salió la cicloturista, y la carretera local donde iniciaba su recorrido. El casco, para que nos vamos a engañar, no era de un modelo el cuál me hubiese comprado, pero no estaba la cosa como para exigir.
Una vez enfundado y sin ajustarme las trinchas del casco, que me iba un poco holgado, giré la calle y…allí estaba mi amigo Diego. Sus palabras, fueron claras: ponte a rueda.
Me equivoqué y en vez de coger rueda, tenía que haberme subido a su bicicleta, que hubiese sido mejor. Si me había quedado frío esperando el casco, podéis estar seguros que calenté rápidamente. La cola del pelotón apenas la veía. Primero porque estaba lejos y segundo, porque según iban pasando los minutos, ya no veía nada debido a los goterones que cubrían los cristales de las gafas. Hubo un momento que llegué a pensar que despegábamos. Carretera botosa, cuerda del casco sin ajustar dándome en las narices, gafas sucias…pero un lujo. No todos los globeros que allí nos encontrábamos, tenían un jefe de filas como yo, para meterme en carrera.
¡Vaya, si me metió en carrera! lo que faltó poco, es para que me metiese dentro de un 4×4 que había parado en medio de la rotonda. Más difícil todavía. Parada en seco, y arrancar en un repecho de un kilómetro con más del 6%.
Sí, al final cogimos la cabeza de la marcha, en la que nos habíamos quedado una treintena. Estuve respirando un poco, mientras se daban de tortas los demás y se hacía una pequeña escapada de media docena. Una vez recuperado del sofocón, arranqué a por ellos y cuando estaba a mitad de camino de los dos frentes, empecé a notar una sensación rara. Mi bicicleta saltaba. Sí señor, había pinchado.
Estuve por salirme de la carretera y esconderme detrás de unos arbustos para que no me viese me amigo Diego. Este erea capaz de ayudarme a arreglar el pinchazo y volverme a meter delante.
Opté por arreglar el pinchazo, darme la vuelta y marcharme a casa.
Esto fue hace dos años, porque hace tres, cuando íbamos un grupo de veinte, ya destacados de los demás, en una bajada al ir a meter la corona pequeña, saltó la cadena y se me quedó metida entre las vainas traseras y el piñon, por lo que tuve que parar, sacar rueda y….hasta luego Lucas.














