Buona notte a tutti! Sí, ya he llegado a Italia, y sin problemas con los documentos de identidad….Aunque no exenta de sustos tampoco. Me comentaba ayer un buen amigo: “es que siempre vas al límite”. Me puse a reír sola al principio, pero cómo me he acordado de sus palabras hoy. Lo primero my más destacable de todo ha sido al abrir los ojos esta mañana, o mejor dicho, al abrir las persianas. Ayer, al acostarme, en mi ciudad hacía un frío de perros. Nada fuera de lo normal, conociendo su sobrenombre de “Siberia”. No abandonamos las bajas temperaturas casi ni en verano. Pero es que lo de esta mañana ha sido empezar con sobresaltos desde bien pronto porque ¡las calles estaban totalmente blancas y no paraba de nevar! Os podéis imaginar lo primero que he pensado…”vamos, solo faltaba que ahora no pueda salir de casa por una nevada después de todo”.
Afortunadamente, durante la mañana han dejado de caer copos y la nieve se ha ido quitando. Así que me he encaminado a la estación de autobuses después de haber hecho la maleta con menos de una hora de antelación a la que tenía que salir de casa. Todo a última hora. “Al límite”. Entonces me ha salido una sonrisa pícara. Socarrona. ¡Qué razón tienes amigo!”. Para bien en ese momento, porque me ha dado tiempo “de sobra” (me han sobrado unos minutillos, suficientes para repasar las películas y los actores y actrices premiados en los oscar). Eso sí, conforme iba en el viaje, me he ido acordando de unas cuantas cosas que se me han olvidado en casa –nada que no se pueda solucionar con un buen supermercado cerca, si es que te da tiempo, claro-.
El caso es que he cogido el primero de los tres autobuses que tenía marcados en mi viaje hasta el aeropuerto sin problemas. Lo peor ha venido a partir de entonces, porque mi primera bajada tenía que ser en Bilbao a las cuatro y cuarto de la tarde para, un cuarto de hora después, subirme a otro autobús camino de Santander. Después de cuatro años yendo y viniendo casi a diario de la capital vizcaína, a parte de saber cada árbol del camino tengo más o menos controlado el tiempo, una hora de viaje. ¡Pero es que el autobús ha tardado de salir de la ciudad más de media hora! Podéis imaginaros mi agonía cuando estábamos aún camino de Bilbao. Ya me veía en tierra y sin ni siquiera haber pisado el aeropuerto.
A las cuatro y veinticinco ha hecho su entrada el autobús en Bilbao. Yo ya, mentalizada de que tendría que coger el siguiente, que apenas iba a darme tiempo de subir después al aeropuerto desde el centro de Santander porque llegaba muchísimo más tarde. Al límite vamos. ¡Definitivamente llevaba toda la razón!”. Eran las 16:28 cuando me estaba bajando del bus, lleno por cierto, con lo que ello conlleva que te cueste más bajar del mismo. Coger la maleta a toda prisa y a correr al otro lado de la estación, donde el autobús que iba para Santander estaba ya literalmente arrancando y cerrando su puerta.
Definitivamente, debo tener cara de muerta de hambre, o doy mucha, muchísima pena, porque me he puesto en la misma dársena, con carita, otra vez, de corderito degollado y he saltado un “¿tenéis todavía plazas libres?”. El conductor parecía apiadarse un poquito de mi, pero la azafata…buff, ¡vaya miedo que he pasado con su mirada! “Nos vamos ya. Y yo, contándole mi vida, claro. Que si el bus se ha retrasado, no ha sido culpa mía, tengo que coger un avión y si espero al siguiente lo pierdo…Al final me han dejado subir. Otra vez al límite.
Al final, he llegado a Santander con tiempo suficiente como para buscar un Eroski y comprar las cuatro cosas que se me habían olvidado. Y para el aeropuerto. Desde ahí, todo tranquilo hasta Milán, desde donde ahora os escribo. Aunque por poco tiempo nos quedamos aquí, puesto que mañana por la mañana me esperan unas cuatro horitas de viaje hasta Livorno, donde el miércoles comienza la Tirreno-Adriático. ¡Ah! Y no sabéis lo orgullosa que voy con mi nuevo DNI. Ha sido lo primero que he comprobado al sentarme en el primer autobús que no se me había olvidado.