Puedo prometerles que, desde el momento en que se abrió este blog me puse casi como ley a mi misma intentar hacer las menores alusiones, el más pequeño número de entradas sobre doping que me fuera posible. Pero hoy no se puede evitar. A pesar de que Toni Colom se llevara ayer una emotiva y no menos merecida victoria en la etapa que llevaba la Challenge de Mallorca hasta su localidad natal y que cargó de tinta nuestras plumas. A pesar de que Luis León Sánchez se ha puesto al frente de la clasificación general del Tour del Mediterráneo. A pesar de que tenemos al ciclismo vasco, uno de los más potentes, no solo del país, si no de Europa, en jaque, con una carrera como la Euskal Bizikleta que va a desaparecer y se fusionará con la Vuelta al País Vasco. Fíjense si hay temas de los que hablar. Pero hoy, en boca de todos no están las carreras unidas, ni la Challenge, ni Luis León Sánchez. Hoy todos volvemos la vista hacia Alejandro Valverde.
Y doy por válido que solo sea la mirada lo que proyectamos sobre el murciano. Aspecto que, ya de por sí, no todos compartimos. Porque Valverde ha vuelto a ser señalado con el dedo índice. El de las acusaciones. Inocencia en entredicho. Y, claro, como siempre pasa en el ciclismo, sin pruebas fehacientes que demuestren su culpabilidad. El CONI ha filtrado al periódico deportivo más potente de Italia la solicitud de la presencia de Valverde el próximo lunes en Roma. ¡Vaya, qué suerte! Un viajecito a la capital del arte pagado. Pero Valverde no va precisamente a hacer turismo, ni a comer pizzas y helados sentado a los pies de la bellísima Fontana de Trevi. Su avión aterrizara en medio del revuelo mediático, por una supuesta coincidencia de sus análisis en el Tour de Francia con una de las bolsas incautadas en la archivada y vuelta a reabrir de forma interminable Operación Puerto.
Otra vez el mismo cuento. Y otra vez los mismos pasos. Un titular en un medio de comunicación hace saltar la noticia en Italia, España, Bélgica, Alemania… Sin ninguna prueba, se coloca al corredor otra vez en el umbral de lo oscuro. En la sombra del doping. Y el propio corredor, como si fuera ya declarado culpable, tiene que refugiarse en las líneas que salen de su más declarada rabia para declarar a los cuatro vientos que está totalmente seguro de que aquellos análisis que se le hicieron cuando la ronda gala cruzó la frontera con Italia no tienen nada que ver con la Operación Puerto. Que él no ha recibido notificación alguna para personarse en Roma. Repite una y otra vez que, evidentemente, sus resultados en aquel control fueron normales. Por descontado. ¡Con las ganas que le tienen, como para demorarse en saber los resultados de un control en el Tour de Francia!
Y, a pesar de todo, de nuevo, Valverde camina entre dedos que le señalan, los que ha
conseguido colocar sobre él un solo miedo de comunicación y la disposición del resto del mundo del ciclismo a prestar atención a este tipo de rubores y saltos de página. Porque de esto, sí, todos tenemos parte de culpa. Organismos dirigentes, equipos, aficionados, medios de comunicación y corredores. En un juicio, o en cualquier caso en el que se detiene a un sospechoso, éste siempre es inocente hasta que se demuestra lo contrario. Su premisa es la inocencia. En el ciclismo no. El corredor debe dejarse la piel para demostrar que no es culpable. Entra a los juzgados hundido en noticias que le señalan como ‘dopado’ y la opinión pública se crea la idea de que hizo trampas, cuando en muchos casos no se ha llegado a demostrar.
En esta tarea de defender, proteger y aupar al deporte que tanto decimos que amamos todos tenemos una importante y particular labor desde el puesto que ocupamos. Todos. Desde el dirigente que ejecuta las leyes que rigen los sistemas de control antidoping, hasta los aficionados que se desplazan asiduamente a las carreras para animar a sus ídolos, pasando por los medios de comunicación que deciden hasta dónde se puede llegar con determinadas noticias. En estos tres grupos se sigue señalando con el dedo a posibles culpables a los que se tachan de tramposos. Muchos de ellos deberían quedarse sin falanges en las manos. Pero, por el momento, parece que no va a ser así. En parte, y de nuevo, por culpa de todos. Porque el ciclismo sigue estancado. En callar si no me toca a mi y seguir hacia delante. Arrinconar a ese al que todos señalan, para que el peso de los dedos caiga más fuerte sobre él. Sólo cabe preguntarse, ¿hasta cuando?