Solo es necesario girar la cabeza. Cerrar los ojos y echar la vista atrás. Es como si hubiera sucedido ayer mismo. Cierto es el conocido refrán que reza que el tiempo pasa volando. Porque hay cosas que una recuerda casi al mínimo detalle a pesar de que transcurran los años. Un viernes del mes de junio del año 2003 y con el consentimiento dado de mis padres me salté las clases del colegio. Novillos en toda regla. Pero totalmente justificados. Tenía una cita con el Santuario de Oro y la Euskal Bizikleta. A las tres de la tarde puse rumbo a la localidad alavesa de Murgia para enfilar después hasta el puerto, y ver el final de la tercera etapa de la carrera. Nos costó Dios y ayuda llegar hasta la meta porque el puerto ya esta cerrado y, cuando nos veíamos ya subiendo a pie las empinadas cuestas, dos amables periodistas nos acogieron en su coche, un ‘cuatro latas’ auténtico del que, antes de subirme pensé que no llegaría a meta, es más, que taponaríamos el paso de los corredores. Cuando me monté, cambié de idea. No es que no llegaríamos, ¡Es que ese coche iba a prender en llamas!
Pero el bólido, que ya estaba curtido en mil batallas, nos llevó hasta nuestro destino. Impaciente, me senté a escasos metros de la línea de llegada, con la radio puesta y escuchando el devenir de la carrera. En ese momento, un tal José Antonio Pecharromán, que se había impuesto en la anterior jornada en Aizarnazabal, comandaba la clasificación general. “Ése no llega hasta Oro con el maillot azul de líder”, se atrevía a aventurar alguno de los muchos aficionados congregados en el bar preparado para la ocasión. Y, entonces, se desataba el debate. “Seguro que no, vamos, teniendo a Haimar Zubeldia y a Joseba Beloki, como rivales, a Francesco Casagrande, Laiseka… imposible”, le confirmaba otro. Pero llegó. Y además, ganó también aquella etapa. Pecharromán ascendió el Santuario de Oro aquel día como un auténtico huracán. Nadie pudo con él, ni en aquella etapa, ni en las sucesivas y la Euskal Bizikleta se la llevó con total merecimiento dos días después, en Arrate.
Luego llegó su preciosa victoria en la Volta a Catalunya. Su confirmación. La demostración de que su estrellato no era flor de un día. Pero, como todo en esta vida, lo que sube, baja. Su discreto paso por el Quick Step tuvo un efecto demoledor en el manchego. Volvió a España, gracias Vicente Belda, pero se vio inmerso en la Operación Puerto. En la lista negra. Arrinconado. Sin pruebas. Pecharromán se vio obligado a poner rumbo a Portugal si quería seguir corriendo a nivel profesional, mientras anhelaba ese 2003 que cada día soñaba con repetir. Cuando parecía que disfrutaba de continuidad, el crecepelo con el que se medicaba le jugó una mala pasada en la Clásica de los Puertos del 2007. Positivo. Otra vez en la lista negra. Sin equipo. Sin licencia. Solo poseía una cosa. La culpabilidad. Que no le pertenecía.
Más de un año después, ha conseguido demostrar su inocencia, puesto que el AMA le ha dado la razón. Hace unos días, ciclismoafondo.es habló con él para conocer sus impresiones después del calvario que ha pasado. Dice encontrarse en paz consigo mismo, porque ha conseguido demostrar al mundo que todo lo que de él se dijo no era cierto. En cambio, y como suele pasar en todos estos casos, un positivo genera expectación y revuelo mediático. Se ocupan páginas y páginas con ellos. De ahí, los ciclistas pasan a la sección de necrológicas. Una simple esquela. Muertos en vida. Si logran demostrar su inocencia, apenas se vuelve a recurrir a ellos para saber cómo se sienten. Y una, que tiene fama de poseer un corazón de hielo cubierto por tres capas de muro empedrado, hay ocasiones en las que se emociona, que comparte ese sentimiento de indefensión, de pena. Ésta fue una de ellas.
Pecharromán tiene asumido que no volverá a ponerse un dorsal en competición nunca más. Ya tiene una nueva vida. Pero sus palabras siguen estando llenas de rabia. Por lo que pudo haber sido y ya nunca será. Sin pruebas, fue encajonado en la lista de la Operación Puerto. Ningún equipo le quiso y, como muchos de sus compañeros, tuvo que fichar por un equipo portugués. Aislado. Después, un medicamento suscrito a un tratamiento que estaba realizando le bajó definitivamente al infierno. Y todo ello en los que deberían haber sido sus mejores años como ciclista. Los de la madurez y la confianza del que estaba llamado a ser uno de los grandes de este deporte. ¿Quién le devuelve ese tiempo perdido?



